taller tropical de tejido y bordado. Entrada libre.

martes, 3 de enero de 2012

Magresal

                                                                                                  

                                                                                                           de Joaquín Vásquez Aguilar.


A la orilla del estero de Cabeza de Toro, cerca del embarcadero, hay un magresal. Es el árbol más viejo de todos. Es tan viejo que se le han caído todas las hojas, como a mi padre se le ha caído el cabello. Tal parece que ha estado allí desde siempre, desde la raíz de los siglos. Todavía sigue de pie a pesar de que por él han pasado todas las calamidades: chubascos, inundaciones, temblores, quemazones, comejenes. Además de ser el más viejo es también el más corpulento. De él podrían salir montones y montones de leña para abastecer por días y días los fogones de las casas de la ranchería. Al amanecer, cuando se viene de pescar y el estero se abre al día con el verdor fresco del manglar y la alegría blanca de las garzas, el magresal se alza con su grotesca figura esquelética y ceniza. Siempre lo he visto con ese color cenizo, como de salitre sucio. En la época en que iban a matar a mi tío Juan todavía daba hojas y dicen que su aspecto no ha cambiado mucho. Lo de mi tío Juan pasó bajo este mismo árbol y fue por lo de una canoa robada. Empezó la cosa como simple discusión pero luego el otro sacó una daga y lanzó un tajo; el cuchillo se clavó en el tronco del magresal y en ese momento intervino mi padre con su enorme estatura y su vozarrón y aplacó al ventajoso. Ahí quedó todo. "Esta puñalada iba a ser para mí, tengo que borrarla" dijo mi tío y al poco tiempo le prendió fuego al magresal. El humo se elevó por varios días hasta que un aguacero lo apagó; sólo llegó a quemarse una parte del tronco y algunas ramas bajas. Y ahí sigue aún seco y pelón, con su eterno color cenizo. Tal vez por eso es el árbol preferido de los zopilotes. Cuando los primeros pescadores van arribando al embarcadero ya están trepados en el magresal, al acecho de la tripa de pescado; es su comida preferida. De ahí a lo que falta del día los zopilotes no se van; ya muy alto el sol sale el último pescador pero los zopilotes no se van. Como que ya le tienen cariño al magresal; como que en sus ramas encontraron el sabor de la confianza. Y si uno se pone a pensar que estas aves cometripas son las mismas, y no otras, que llegan todos los días al huesudo árbol, uno se dará cuenta de que así es: se dará cuenta que ya le agarraron gusto al magresal y a la tripa de pescado; que no les importa otro árbol ni otra comida. Pasa lo mismo con esos zopilotes que nunca se bajan del cielo, cuando el cielo es azul, azul. Andan allá arriba volando suavecito, haciendo círculos en el aire, como jugando, como si hubieran nacido para estar volando siempre. O como esos otros, a los que uno encuentra comiéndose algún animal en medio del camino cuando va al potrero, o viene con el tercio de leña al hombro. Esos son los zopilotes que se comen todos los animales muertos. Es como si Dios hubiera repartido a unos para que estén volando en el cielo y a otros para que se coman la cosa muerta, los desperdicios. Así dice mi padre, o mejor dicho decía: el pobre ya no puede hablar porque está por morirse. Mi madre se ha pasado velándolo desde anoche en que le arreció la calentura y se puso más grave. Esa tos cascajosa de los últimos meses lo tiene así de enfermo y lo está matando; tal vez porque fumaba mucho. O a lo mejor es la vejez. Sí, eso debe ser. Ya está muy viejo. Es cierto que mi madre ya está vieja también pero no tanto como él. Cuando se casaron ella tenía apenas dieciséis años y él era ya un robusto pescador que rebasaba los treinta. Eso nos cuenta ella: "Era tan fuerte y trabajador" se lamenta y echa a llorar. Ahora mi padre es un anciano y se va a morir. A mi tío Juan ya le tocó, lo enterraron no hace mucho. Si aquella vez bajo el magresal tuvo la suerte de no morirse, ahora sí. Ni modo, así es esto de la muerte, ni sabe uno. Tal vez por eso anoche soñé que el magresal se derrumbó todito a causa de la gran zopilotada que se le acomodó encima. Primero llegaron unos pocos; después llegaron más y más, amontonándose en el magresal, ocupándolo todo; después unos sobre otros. Hasta que el añoso árbol no aguantó tanto peso y se vino al suelo, así sin ruido. Ya no vi o no me acuerdo si los zopilotes murieron en el porrazo o salieron volando alborotados.

2 comentarios:

  1. Wey, qué chido, justo como lo describiste. Voy a buscar algo impreso de él; de conseguirlo te lo mando.
    Gracias por compartir. Saludos.

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  2. Es bello.
    Sí, espero que consigas algo...lo que sea.
    Te mando un abrazo de estero :P

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